domingo, 15 de mayo de 2011

A una amiga que perdí

Es pequeña de estatura. Yo no paso el metro setenta. Es más, ni me acerco siquiera. Pero ella me llega a la altura de las orejas. O me llegaba, porque llevo cerca de cuatro años sin verla.
Mi esposa a veces me recuerda que solíamos ser muy cercanos (sí, los verbos conjugados en pretérito son demasiados en mi vida). Y tiene, por razones que resultan obvias a mis redes sociales de carne y hueso, una idea equivocada: que yo estuve enamorándola durante todos mis años de facultad. Nada más alejado de la realidad, porque sólo fueron los once primeros meses. Durante esos primeros meses me enamoré muy al estilo platónico al que me había acostumbrado por culpa de mi timidez casi patológica en el colegio y mis malas experiencias previas, y como en la mayoría de enamoramientos platónicos que he tenido se me dio por escribir e indirectamente decirle "ya pues, mírame. Hazme caso. Existo". Los resultados que obtuve fueron del tipo de nuestras últimas elecciones peruanas en primera vuelta: un total desastre.
De esa época a la actualidad han pasado ya once años, así que como deben entender la memoria en cuestiones de fechas no anda muy bien. Sin embargo lo que sí recuerdo son los motivos que me llevaron a tomar la decisión inquebrantable de dedicarme a otros menesteres en cuanto a ella se refería, los que a saber, fueron los siguientes:
1. Los desplantes que por su falta de delicadeza eran insoportables para alguien quien, como yo, tenía su orgullo y autoestima en niveles altos. Aunque habría que decir a su favor que los amores platónicos tienden a exagerar cualquier desplante.
2. Un testarazo directo a mi cráneo. Esto si fue de antología. Imaginen un carro alegórico y sobre éste a una muchacha envuelta en papel higiénico, disfrazada de momia y con un cráneo de verdad en la mano (recuerden que estudiábamos medicina). Imagínenme caminando hacia ella con el único y sano fin de bailar al ritmo de la música, contagiado por la alegría del momento. Ahora dirijan su mirada hacia ese cráneo, y de forma alucinada hagan que recorra una parábola de arriba hacia abajo, y en ese recorrido pongan mi cabeza como un obstáculo al cual atravesar. ¡Sí, eso que se imaginan fue el resultado! Sentado, adolorido, y con un chinchón enorme en la cabeza.
3. El último y principal. Durante esos once meses de convivencia mis ojos platónicos se volvieron más maduros. Y en esa madurez venía incluido un sexto sentido para detectar a los buenos amigos. Así que entre contarnos nuestras cosas, ayudarnos, aguantarnos (ella mi impertinencia y yo sus arranques de violencia física) y aconsejarnos, definitivamente no nació el amor, pero sí una amistad que día a día fue creciendo enormemente.
Aunque estábamos en grupos distintos en las clases de facultad, por uno u otro motivo terminábamos coincidiendo en salidas, paseos o demás. Ya hacia los últimos años nuestra amistad se consolidó mucho más. Junto a otros buenos amigos formamos un grupo muy unido que andaba de arriba hacia abajo. Nos reuníamos en casa de quien fuera para tener qué conversar, qué ver, qué hacer o qué planear. Nos decíamos nuestras palabrotas si pecábamos de ir por el mal camino o nos ayudábamos en momentos difíciles. Éramos íntimos y siempre estábamos atentos los unos de los otros. Y dentro de las interrelaciones en este miniclub de amigos, con ella me unía un nexo muy especial. La sentía como una hermana a quien recurrir para lo que fuera, me daba muy buenos consejos y me contaba cosas que ya supondrán no se pueden ventilar en público. Ella sentía hacia mí lo mismo, o por lo menos supongo que así era. Si quisieran en algún momento hacer una biografía de mi vida podrían recurrir a ella y se ahorrarían mucho. Yo por mi parte tomé sus experiencias y vivencias como inspiración de un personaje en un libro que escribí sobre jóvenes universitarios.
Mi querida amiga tiene una hermana, menor y muy guapa. De ella también me hice amigo. Y conversábamos a través del Internet tan igual que con mi amiga y colega. Esas conversaciones muchas veces, como en tantas charlas virtuales, estaban llenas de ciertas licencias que hacían un poco más entretenida la cháchara. Por este motivo la tenía dentro de mis amig@s virtuales (eran hermanas, pero la menor vivía a varias decenas de kilómetros hacia el norte de nuestra ciudad) favoritas... las charlas podían ser largas y muy entretenidas. Sin embargo esas charlas a veces, como casi todo lo virtual, se desviaban de lo tradicional. Eso, para ojos celosos, podría ser tomado como una traición hacia la amistad. Una falta grave hacia esa regla que dice: "No te metas nunca con la hermana de tu amigo". Pero yo no lo tomaba así, y mi "little friend" tampoco.
La amistad continuó inalterable hasta que nos separamos por culpa del Internado Médico. Mi pequeña amiga deseó que siguiéramos juntos en la ciudad de Lima, pero yo decidí quedarme en Ica. El grupo de amigos se dispersó por todo el territorio peruano. En medio de todo esto, decidí casarme por motivos que "little friend" conoce por lo menos parcialmente; sabía en ese entonces que yo estaba enamorado, me había dado un par de consejillos sobre mi situación, y como toda buena amiga trató de persuadirme de que no lo hiciera. Pero al ver que era una decisión sin marcha atrás, movió mar y tierra para estar presente en mi matrimonio. Estuvo en la ceremonia y en la fiesta, y fui feliz al verla sonriente y muy contenta. Veía en su rostro como cierto orgullo por un casi hermano felizmente casado que llevaba su historia de amor a un final feliz.
A pesar de mi nuevo estado de casado no cambié mi forma de ser con mis amistades. Por tanto esas chácharas con la hermana de mi amiga continuaron. Y he aquí que en esta ocasión sí se tomó en serio la regla que mencioné líneas arriba. Cierta tarde conversaba de lo más normal con su hermana cuando mis ojos leyeron un par de palabrotas seguidas de otras tantas frases llenas de cólera, desilusión, molestia y hartazgo. Entendí que era mi "little friend" y por más que intenté apaciguarla, nunca pude hacerlo.
Para hoy en realidad me había propuesto escribir los motivos por los que he decidido votar viciado. Pero creo que, por ahora, eso puede esperar. Y es que ayer me enteré de que una persona muy bien vista en mi promoción, amiguera y llena de vida tuvo un accidente muy malo. Hasta ayer que tuve noticias sabía que estaba muy delicado, en coma, postrado en la cama de un hospital en Huancayo. Rezo realmente porque pueda concluir con éxito su lucha por sobrevivir.
Este hecho me hizo reflexionar bastante sobre lo importante de la vida. Y sobre lo valioso que es tener cerca y en paz a las personas valiosas de nuestro tren de vida. ¿Qué pasaría si el destino, con el que no me llevo muy bien que digamos, se propone adelantar mi partida o ponerme en "aprietos vitales"? ¿Podría estar tranquilo conmigo mismo? Y si les pasara algo a estas personas especiales, ¿podría sobrevivirles sin tener una carga pesada hasta el día en que tenga que cerrar mis ojos? A lo largo de mi vida he ganado amigos, no muchos pero los he ganado. Y los he perdido también, con mucho dolor y pena. Con VYMEN las cosas andan con buen rumbo, con altibajos pero queriéndonos y amándonos. Con otros buenos amigos las relaciones andan bien, aunque nuestra comunicación está un tanto fría y lejana.
Cosa curiosa, aunque justificada. Al enterarme del estado de este amigo de facultad, vinieron muchas personas a mi mente con quienes definitivamente estaba en paz. Pero con ella no tengo paz. Extraño a muchos de los amigos que perdí. Pero a ella la extraño con mucho más énfasis, con mucha más pena y mucha más nostalgia. Hablamos por celular el año pasado sobre temas laborales, pero fue como hablar con un extraño. A veces me atrevo a decirle algo por el feisbuk o el messenger, y recibo como respuesta un eterno silencio, una palabra monosilábica o una frase fría y cortante. Y no me atrevo a escribir más.
Extraño mucho a mis amigos. Me hacen mucha falta en varios momentos de mi vida actual. En innumerables ocasiones me he sentido un extraño en sus vidas, y ciertamente me da melancolía saber que me tienen presente siempre, pero que en eso queda. Los presentes de su gratitud se pierden en el pésimo servicio del courier de sus recuerdos.
Pero en especial te extraño y me haces mucha falta tú, mi pequeña amiga. En esos momentos tristes de soledad, en donde no les puedo decir al oído mis penas a VYMEN porque son cosas que sólo un verdadero amigo puede escuchar. En esos momentos alegres como el día en que me casé y buscaba tu rostro para tener tu aprobación. Te EX - TRA - ÑO y te hecho de menos.
Hay algo que me dice que para todo esto no hay solución posible. Ya pedí disculpas, indulgencia, segundas oportunidades, con el mismo resultado de hace once años, durante esos primeros once meses. Espero que estés bien en tu vida, que los éxitos te sigan sonriendo porque tu esfuerzo lo merece. Estas líneas no ayudarán a que nuestro status quo cambie gran cosa, pero sí a que recuerde lo que es un verdadero amigo, y lo que significa perderlo, una gran enseñanza que trato de inculcarle a mi hija.
Saludos y que Dios te bendiga.

2 comentarios:

  1. Amigo, siempre por falta de tiempo o la distancia de aquella persona nos hace eso... distanciarnos preguntarnos que sera de esa persona...pero sabes por mas distancia que haya o trabajo, lo mejor es no perderle el rastro y la mejor via es la comunicacion y una buena relacion amical.
    Eso hay que ir lo cultivando y ahora que tienes a tu hija enseñarle lo que significa el valor de una amistad.

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Jill, por leerme. Sí, ciertamente el tiempo y la distancia suelen ser un arma letal para las relaciones de amistad. Hoy el verdadero significado de amistad se ha perdido y se ha relativizado tanto en pos de un mal llamado desarrollo personal, hasta el punto de "individualizar" demasiado a la personas. En los niños está la esperanza para recuperarlo, y depende de nosotros el inculcárselo. Besos y bendiciones.

    ResponderEliminar